Extrospecciones de una voz sin eco

Amo dialogar, aunque pocas veces hallo interlocutores dispuestos a hacerlo. Por eso he decidido escribir, con la esperanza de que tú, interlector silencioso, te intereses en mis palabras, y que algún día podamos encontrarnos en un verdadero diálogo.

«¿Te molesta que alguien hable mucho?», me preguntaron algo así ayer. Ingenuamente respondí «No, no me molesta, me agrada. Si quiere hablar que hable.» Más tarde me di cuenta que fue una indirecta bastante directa, casi rozando el sacasmo con frescura. Yo era ese alguien que hablaba demasiado.

Esa misma noche decidí retomar El arte de amar, de Erich Fromm, el libro que había dejado abandonado hace una semana. Mientras leía, intenté verbalizar con mis propias palabras aquellos conceptos que hacían temblar mis preconceptos.

Me he dado cuenta que me gusta hablar en voz alta conmigo misma sobre lo que leo, porque siento que así elijo la estructura, el ritmo y las palabras más adecuadas para expresar lo que entendí, preparándome para el momento de exteriorizar lo aprendido con otra persona y escuchar su opinión.

Cuando encuentro a alguien que parece interesarse en estos temas creo que me emociono tanto que termino hablando demasiado. Es tan difícil encontrar personas dispuestas a dialogar sobre este tipo de reflexiones, que cuando percibo un pequeño interés, me explayo… y a veces los agoto, creo.

Sí, en efecto, hablo demasiado. Tengo unas ganas locas de compartir información, teorías, percepciones y de escuchar la de otros. Pero no puedo hacerlo con todos. He aprendido que hay que elegir con cuidado los oídos y las bocas con las que compartir lo que uno lleva dentro, para no exponerse.

Y cuando encuentro a alguien que parece tener la misma convicción, me siento feliz. Porque esta locutora lo que más añora es un receptor. Y, a su vez, poder ser receptora de las palabras, ideas y pensamientos de ese otro locutor. Aunque refutemos, el desarrollo del diálogo me parece fascinante: ver cómo se empieza con una simple pregunta y, poco a poco, se deshilvana en más preguntas, cómo las posibles respuestas se abren en nuevas ramas y la conversación continúa mientras el tiempo se disuelve.

Eso me hace sentir viva. Me hace sentir unida al mundo. Logro combatir el aislamiento, el separatismo (conceptos de Erich Fromm del que hablaremos más adelante), al menos por unos momentos.

Pero ahora elijo reencontrarme con un ex hábito de mi adolescencia para no saturar innecesariamente a los demás. Elijo escribir, porque cuando hablo mis palabras se vuelven efímeras y se pierden si no hay un interlocutor que las valore. Al escribir (y atreverme a subirlo a un blog) les doy cierta permanencia, una forma de impermeabilizarlas frente al olvido. Así me doy la oportunidad también de ser leída por ti, estimado interlector silencioso.

Si has llegado hasta el final de esta primera entrada, es porque algo en ti resonó con estas palabras.

Ojalá haya sido empatía.

Gracias por tu tiempo y gracias también a ChatGPT que me dió la idea de abrir este blog donde volcar todo esto que llevo dentro.

Esta es, por esta madrugada, la extrospección de esta voz sin eco.

Posted in

Deja un comentario